El sistema de liderazgo de Alex Havard en 12 puntos

1. El auténtico liderazgo debe basarse en una verdadera antropología, que englobe a su vez la aretología o ciencia de las virtudes.

La virtud es un hábito de la mente, la voluntad y el corazón que nos permite alcanzar la excelencia y la eficacia personales. El liderazgo está intrínsecamente ligado a la virtud. Primero porque la virtud fomenta la confianza (condición sine qua non del liderazgo); y también porque la virtud, que viene del latín virtus («fuerza» o «poder»), es una fuerza dinámica que aumenta la capacidad del líder para actuar. La virtud le permite al líder hacer lo que la gente espera de él.

2. La magnanimidad y la humildad, que son principalmente virtudes del corazón, constituyen la esencia del liderazgo.

La magnanimidad es el hábito de luchar por grandes ideales. Los líderes son magnánimos en sus sueños, sus visiones y su sentido de misión, pero también en su capacidad para desafiarse a sí mismos y a aquellos que les rodean. La humildad es el hábito de servir a los demás, e implica más tirar de ellos que empujarles, enseñar más que ordenar e inspirar más que reprender. Así, en el liderazgo se trata menos de hacer demostraciones de poder que de dar poder a los demás. Practicar la humildad es conseguir acentuar la grandeza que hay en otras personas y darles la capacidad de descubrir su potencial humano. En este sentido, los líderes son siempre profesores o padres, y sus «seguidores» son aquellos a quienes sirven. La magnanimidad y la humildad son virtudes «específicas» de los líderes, y juntas constituyen la «esencia» del liderazgo.

3. El liderazgo es un ideal de vida, puesto que las virtudes específicas de las que se vale –la magnanimidad y la humildad– son en sí mismas ideales de vida.

Ambas virtudes están intrínsecamente ligadas y constituyen un solo ideal: el de la dignidad y la grandeza del hombre. La magnanimidad constata nuestra propia dignidad y grandeza como personas, y la humildad verifica la dignidad y la grandeza de los demás. La magnanimidad (esto es, la grandeza de corazón) y la humildad surgen tras apreciar verdaderamente el valor del hombre, mientras que la pusilanimidad (esto es, la miseria del corazón) impide que el hombre se conozca «a sí mismo» y el orgullo, que evita que éste comprenda a «otros», surge de una consideración equivocada del valor del hombre. El liderazgo es un ideal de vida que reconoce, asimila y da a conocer la verdad sobre el hombre.

4. Las virtudes de la prudencia (sabiduría práctica), la fortaleza, la templanza y la justicia, que son principalmente virtudes de la mente y de la voluntad, constituyen la base del liderazgo.

La prudencia aumenta la habilidad del líder para tomar las decisiones adecuadas; la fortaleza le permite no cesar en el empeño y resistir a todo tipo de presiones; la templanza subordina las emociones y las pasiones al espíritu y reconduce su energía vital hacia el cumplimiento de esa misión; y la justicia le impulsa a dar a cada cual lo que se merece. Si estas cuatro virtudes, las llamadas cardinales, no constituyen la esencia del liderazgo, sí son los cimientos. Sin ellas, el liderazgo no sería posible.

5. La humildad es el hábito de vivir en la verdad.

Vivir en la verdad es reconocer nuestra propia condición de criaturas (humildad metafísica) y nuestros defectos personales y debilidades naturales (humildad espiritual). También significa reconocer la dignidad y la grandeza propias (humildad ontológica) y nuestros talentos y virtudes (humildad psicológica). Esta humildad fundamental confiere el conocimiento de si. Si la humildad fraterna (el servicio) es la cumbre del liderazgo, y la prudencia, la fortaleza, el dominio propio y la justicia son los fundamentos del liderazgo, la humildad fundamental es el “fundamento de los fundamentos”.

6. Los líderes no nacen, se hacen.

La virtud es un hábito que se adquiere con la práctica. El liderazgo es una cuestión de carácter (virtud, libertad, desarrollo) y no de temperamento (biología, condicionamiento, estancamiento). El temperamento puede favorecer el desarrollo de algunas virtudes e impedir el de otras, pero llega un momento en el que el líder impone tanto su carácter a su temperamento que éste deja de dominarle. Dicho temperamento no es un obstáculo para el liderazgo, mientras que sí lo es la falta de carácter (esto es, la energía moral que evita que nos convirtamos en esclavos de nuestra biología).

7. El líder no lidera gracias a su «potestas» o al poder que le es inherente a su cargo o a sus funciones, sino gracias a la «auctoritas», que procede del carácter.

Aquellos que hacen uso de la «potestas» para liderar, puesto que carecen de autoridad, son líderes solo de nombre. Se trata de un círculo vicioso: aquel que no tiene autoridad (auctoritas) tiende a abusar de su poder (potestas), lo cual deriva en una erosión de su propia autoridad y termina bloqueándole el camino hacia el auténtico liderazgo. Liderar no tiene nada que ver con el rango, el puesto, o con estar en lo alto de la pirámide. El liderazgo es una manera de ser que cualquiera puede vivir, sea cual sea su lugar en la sociedad o en cualquier organización.

8. Para crecer en la virtud entran en juego el corazón, la voluntad y la mente:

Con el corazón «contemplamos» la virtud para ser capaces de percibir su belleza intrínseca y desearla ardientemente; con la voluntad desarrollamos el hábito de «actuar» virtuosamente; y con la mente «ponemos en práctica» simultáneamente todas las virtudes, prestando especial atención a la virtud de la prudencia, que es la guía de todas las demás.

9. Al practicar las virtudes, los líderes maduran en sus juicios, sus emociones y su comportamiento.

Los signos de esa madurez son los siguientes: autoconfianza,  coherencia, estabilidad psicológica, alegría, optimismo, naturalidad, libertad y  responsabilidad, y paz interior. Los líderes no son ni escépticos ni cínicos, son gente realista. El realismo es la capacidad de considerar las aspiraciones nobles del alma a pesar de nuestras debilidades personales. Las personas realistas no se rinden ante la debilidad, sino que se sobreponen a ella a través de la práctica de las virtudes.

10. Los líderes rechazan cualquier acercamiento utilitarista a la virtud.

La virtud no es algo que se adopte con el fin unico de convertirse en una persona eficaz en lo que hace. Los líderes cultivan la virtud queriendo reconocerse a sí mismos como seres humanos. No buscamos crecer en la virtud solamente para hacernos más eficaces en nuestros quehaceres, si bien esa mejora en la eficacia es una de las muchas consecuencias de la virtud.

11. Los líderes practican una ética de la virtud, y no éticas basadas en reglas.

La ética de la virtud no niega la importancia de unas reglas, pero afirma que la esencia de la ética es algo distinto. Las reglas deben servir a la virtud. La ética de la virtud subyace a la creatividad del líder y hace que ésta prospere.

12. La práctica, específicamente, de las virtudes cristianas de la fe, la esperanza y la caridad tiene un fuerte impacto sobre el liderazgo.

Estas virtudes sobrenaturales elevan, refuerzan y transforman las virtudes naturales de la magnanimidad y la humildad, que son la esencia del liderazgo, y las virtudes naturales de la prudencia, la fortaleza, la justicia y la templanza, que constituyen su base. Ningún estudio sobre el liderazgo sería del todo completo si no tuviera en cuenta las virtudes sobrenaturales.